Vampire Weekend, Modern Vampires Of The City y las primeras impresiones

En contra de las furibundas declaraciones de Cronopio, yo sí pienso que hay muchos discos que engañan en la primera escucha. Y en la segunda. Y en la tercera. Algunos llegan tan propulsados por su propia leyenda que, a la hora de rebuscar entre sus canciones, sólo queda el suspiro de lo que deberían haber sido y no fueron. Hasta que de repente hacen clic y, bum, un mundo de posibilidades se abre a tu alrededor. Hay detalles, instantes y arreglos que podrían abrir las puertas de universos completamente desconocidos hasta entonces, y no pasa nada por recorrer el camino andado, arrodillarse y reconocer el error. Me ha pasado tantas veces que sospecharía el día que comenzara a tenerlo todo demasiado claro. Y de un tiempo a esta parte he caído en un error que, quién sabe, podría ser enorme: menospreciar el tercer disco de Vampire Weekend.

Los discos de Vampire Weekend siempre habían estado sostenidos sobre mimbres muy frágiles. Lo que pasa es que yo me había negado a reconocerlo: el minimalismo que impregna las canciones de Modern Vampires Of The City no es tan diferente a las guitarras ligeras como la espuma que vertebraban su disco debut, aquel al que, ironías del destino, también rechacé con furiosa dignidad para terminar haciéndole un hueco indispensable en mi reproductor. Durante muchos meses. Años, incluso. ¿Qué pasó para que de repente ‘M79’ se abriera paso a puñetazos entre mis prejuicios? Probablemente el avergonzamiento consciente: decidí ignorar a Vampire Weekend por el éxito alborotado formado por ‘A-Punk’ a mi alrededor. Escuchadas las canciones de aquel Vampire Weekend homónimo la farsa no se sostenía: eran fabulosas.

Modern Vampires Of The City ha logrado que tire a la basura mi opinión inicial porque se construye a retales, mecánicamente y por separado, de manera pueril, inocente y lejos de todo cinismo

Vampire Weekend han estado acompañados desde sus inicios por la estigmatización mediática: aparecían en las revistas de tendencias culturales entonces aún en auge por su mezcla de frivolidad adolescente y frivolidad de clase alta. “Oh, qué monos, han descubierto África en su loft de Manhattan”, se dijo el mundo a sí mismo, aquel mundo que hablaba de África como una exótica atracción turística que todos admiramos de tanto en cuanto. Pero nadie había estado en África, del mismo modo que nadie parecía haber estado en las canciones de Vampire Weekend. Todo empujaba a odiarles menos ellos mismos, y de aquel envite salieron victoriosos con un debut joven y fresco, para todos los públicos y elegante.

Cinco años después y otro disco de por medio, Contra, Modern Vampires Of The City, el mundo es un lugar mucho peor y ya nadie confía en los chavales que tocan pop desde su piso neoyorquino. Así que allí me coloqué yo: no a Vampire Weekend, no a este resultado descafeinado de melosas baladas sin guitarras ni alegría. Era un no con reservas por aquel romance de juventud que no parecía dar más de sí. Un no despechado pero ligeramente transigente, autocomplaciente, en mitad de la nada, ni de la adoración ni del odio. Un no cobarde que, como cinco años atrás, he tenido que desmontar poco a poco. A piezas, como demoliendo los Lego de mi infancia, he vuelto a reconstruir mi opinión sobre Vampire Weekend: me gusta Modern Vampires Of The City más de lo que creía.

La aborrecible referencia infantil no es casual: Modern Vampires Of The City ha logrado que tire a la basura mi opinión inicial porque se construye a retales, mecánicamente y por separado, de manera pueril, inocente y lejos de todo cinismo. Los instrumentos caminan en solitario y se edifican en paralelo. Por eso no había entendido a Vampire Weekend un día más: porque no había prestado la suficiente atención a todos los silencios que dejaban sus canciones, donde se desarrollaba gran parte del relato de Modern Vampires Of The City. Las guitarras ya no son necesarias y la evolución es natural. Vampire Weekend siempre han hablado desde los espacios en blanco, erráticos o no tanto, de sus discos. En este disco más que nunca, y por eso me ha costado tanto llegar a esta conclusión: las primeras impresiones son una trampa mortal y una bendita oportunidad.

Vampire Weekend – crítica de Father of the Bride

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