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Vodevil Vargas — Betis, 41

Veinte años pueden no ser nada o toda una eternidad. Una delgada línea separa concepciones antagónicas de la noción del paso del tiempo, una delgada línea que, a su vez, acaba constituyendo la distancia que media entre éxito y fracaso. Una delgada línea sobre la que Ricardo Moreno ha deambulado durante dos décadas, yendo de aquí a allá pero siempre con su pasión por la música entre ceja y ceja, como combustible frente a una realidad cruda y dura que te despierta a base de bofetadas y decepciones, en su caso, totalmente inmerecidas.

Esa pasión, materializada en forma de constancia en pos de lograr un objetivo, es el mismo motor que mueve a Arquímedes a dar un paso que Betis, 41 insinúa pero deja para otro momento. Veinte años ha tardado Ricardo Moreno en poder siquiera esbozar el que puede ser el proyecto definitivo de su carrera, un proyecto que, también, insinúa muchísimas cosas, haciendo realidad muchas de ellas, pero que deja claro que lo mejor está por llegar. Vodevil Vargas es una historia cuya fuerza reside en las conexiones y que se basa en la pasión, el motor que ha movido al madrileño a no rendirse después de dos décadas de duro trabajo y a Rafael a luchar sin descanso hasta alcanzar una merecida venganza.

Pasión como catalizador de todo

La del debut de Vodevil Vargas es una historia de paralelismos en los que el bohemio ambiente de la ficción traspasa con sutileza la barrera de la realidad obteniendo de ella pinceladas que la dotan de veracidad. Las diferencias entre realidad y ficción son, por supuesto, evidentes, pero las motivaciones que mueven a los protagonistas en ambas realidades, muy parecidas. Sin riesgo no se cumplen los sueños, sin reveses los triunfos no saben igual. No me cabe duda de que Ricardo Moreno está tan cerca como Arquímedes queda al final de Betis, 41 de lograrlo. Y ese final, no es más que el principio.

Ahora bien, ¿qué es realmente Betis, 41? ¿Qué le dota de esa transversalidad a la que llevo aludiendo indirectamente desde el inicio del artículo? Betis, 41 es una una historia de venganzas que se despliega ante nosotros como una Ópera Rock conceptual para la cual el disco ejerce de banda sonora y el libreto que la acompaña de guión, no ya sólo en lo que respecta a la ambientación rigurosamente dicha sino a cuál es la motivación de Arquímedes para acometer un plan que el álbum solamente plantea dejando el desenlace, quizás, para una posterior entrega.

En el aspecto lírico, fundamental aunque desgraciadamente no pueda aludir a él de forma explícita pues supondría desvelar una parte de la historia que es mejor descubráis por vosotros mismos, juega un papel fundamental el mítico barrio sevillano de Triana. Sus calles, especialmente la calle Betis, ejercen de tablero sobre el que se ubica el personaje central, Rafael (Arquímedes es su sobrenombre), avanzando por ellas no solamente en el espacio sino también en el tiempo, visitando pasajes de su memoria a fin de reafirmar las convicciones que le mueven a dar pasos hacia un final ya decidido.

A pesar del pequeño espacio con el que la porción escrita cuenta, pues está diseñada para ser leída al mismo tiempo que se escucha el álbum, se dibuja con firmeza y exactitud el entorno, una Sevilla oscura y decadente a la que aún no había llegado la luz de una incipiente transición, pero sí la perdición y crudeza que supuso la droga, la cual destrozaría miles de vidas en años posteriores. Y aparte de la recreación del entorno, guioniza con brillantez no sólo los hechos a acaecer sino las partes en los que se divide la suite pues, a pesar de dividirse en cinco temas más los tres bonus tracks, Betis, 41 se desarrolla como una suite a la usanza de ‘Thick as a Brick’ de Jethro Tull, ‘Lady Fantasy’ de Camel o ‘Chance’ de los más recientes Savatage.

Derribando el muro del escéptico

Y hablo de Savatage pues, a pesar de las evidentes distancias, no puedo evitar pensar en la épica canción recogida en el álbum Handful of Rain al escuchar el single de adelanto ‘Santa Cruz’, ni en icónicos discos como Streets o Dead Winter Dead, con los cuales Betis, 41 comparte un profundo aroma a Opera Rock a pesar de tratarse de un álbum instrumental y de no utilizar el Heavy Metal clásico como catalizador sino el Flamenco o el inspirador Rock Andaluz.

Aún dejando los Bonus Tracks fuera, los cuales se configuran más como regalo al poseedor del álbum en la versión CD que como aportaciones de calado en la obra e historia, los casi 20 minutos con los que cuenta el debut de Vodevil Vargas son más que suficientes para darnos cuenta del talento en la composición y ejecución con la que cuenta su autor Ricardo Moreno. 20 minutos y cinco temas, dividido a su vez ‘Santa Cruz’ en 5 movimientos, son suficientes para visitar parajes que van desde el Rock al Jazz pasando por el Flamenco, los esquemas del Rock Progresivo y juegos con orquestaciones programadas que dotan de mayor carácter cinemático a la obra. 20 minutos en los que desfina un carrusel de músicos que para sí los hubiese querido Arjen Lucassen en su última obra a pesar de mediar diferencias en cuanto a fama y reconocimiento. Eso sí, todos rayan a una grandísima altura y su participación en términos técnicos y compositivos se muestra de forma totalmente natural y en sintonía con el conjunto, lo cual sí fue un debe importante en la obra del maestro holandés.

Tachados ya Savatage y Ayreon en el apartado de citas, es inevitable acordarse de los primeros Medina Azahara y los imprescindibles Triana al enfrentarse a Betis, 41, aunque quizás el sinfonismo de la obra se acerque más a la banda de Manuel Martínez en sus momentos de mayor celeridad distanciándose de la elegancia y sutilidad de la mejor banda que ha dado jamás nuestro país. En cualquier caso, el trabajo realizado por Ricardo Moreno bajo las siglas de Vodevil Vargas no solo resiste la comparación, sino que enuncia para el futuro la posibilidad de un álbum a la altura de los mitos, cuestión que, como os imaginaréis, me tiene babeando desde que pude hincar el diente al álbum.

Supongo más de uno se mostrará escéptico ante lo que acaba de leer y puede que me tache de loco por la valentía en mis comparaciones y alusiones a terceras bandas. Y ese es, casualmente, el principal obstáculo al que se enfrenta Ricardo Moreno y su obra Betis, 41, ese sentimiento de inferioridad tan arraigado en el público español que implica que cualquiera que considere a un compatriota capaz de rayar a la altura de los mitos sea tachado de loco. Mucho bien haríamos a la música patria si nos deshicisiésemos de ese escepticismo cuyo origen es el típico sentimiento de inferioridad español. El problema del Rock español no es de capacidades sino de medios, valga este Betis, 41 como prueba. Como ya han demostrado otros como Obsidian Kingdom, Carving Colours, Catorce, Reek… y los que están por llegar.

8.3/10

Ricardo Moreno, alias Vodevil Vargas, demuestra en su debut en solitario que la constancia es clave para alcanzar un éxito con el que todos soñamos en la vida. Tras más de una década ejerciendo como músico de estudio y de apoyo en directo para bandas de todo tipo, el madrileño se lanza al ruedo con una obra tan ambiciosa como brillante, en la que conjuga maestría en la ejecución y entusiasmo en la composición. No sé cómo acaba la historia protagonizada por Arquímedes, pero lo que si sé es que este Betis, 41 es el inicio de una brillante carrera que ha tardado mucho en arrancar pero a la que nadie puede poner de momento una sola objeción. Por constancia y por ilusión.

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