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Whiplash, tocar hasta que te sangren las manos

La industria del cine nos ha dado un buen puñado de películas sobre el camino del músico que se propone conseguir el éxito y la fama, aunque presentándolo casi siempre bajo el mismo tratamiento superficial y distante de otros buscadores del sueño americano como deportistas o empresarios. Whiplash viene a contar esa misma historia del joven que debe luchar contra todo y contra todos para alcanzar su objetivo, pero con la particularidad de hacerlo atreviéndose a pinchar directamente en hueso, metiéndose en las verdaderas entrañas de la batalla interna que representa la búsqueda del éxito en el mundo de la música. La cinta, escrita y dirigida por Damien Chazelle, viene bajo la etiqueta del reconocimiento de la crítica, pero sin embargo se ha hablado muy poco de ella durante 2014; desde luego, mucho menos de lo que se merece.

Whiplash es en realidad la versión extendida (y mejorada) de un corto que Chazelle ya presentó en Sundance en 2013, donde se daban a conocer los dos grandes protagonistas de esta historia: Andrew, el joven batería que sueña con convertirse en el nuevo Buddy Rich, y Terence Fletcher, el implacable director de la banda de jazz de uno de los más prestigiosos conservatorios de Estados Unidos, terroríficamente interpretado por J. K. Simmons, que llevará a su alumno más allá del límite de la sangre, el sudor y las lágrimas para que consiga su objetivo. El cara a cara que ambos efectúan aquí, con la batería que no cesa entre ambos, es sin duda de los más intensos que hemos podido ver en mucho tiempo. El espectador casi llega a sentir el aliento de Simmons golpeándole en la cara mientras martillea sin cesar al sufrido percusionista.

Whiplash se mueve a un ritmo de percusión endiablada, de fe sincera por el jazz y por el alma de sus grandes nombres

Hay mucho de autobiografía en la obra, pues su director persiguió también el objetivo de convertirse en batería de jazz y tuvo como compañero de viaje a un profesor igual de exigente que el ficticio Fletcher. Ese componente de experiencia personal se traduce en verdadero amor por el relato y por los personajes que forman parte del mismo, y es ahí donde se nota la verdadera diferencia entre la clásica historia prefabricada de superación y el análisis que se hace aquí de la carrera del músico que debe sacrificar todo, absolutamente todo, por alcanzar la inmortalidad.

Todo ello a un ritmo de percusión endiablada, de fe sincera por el jazz y por el alma de sus grandes nombres. Cierto es que la apabullante primera mitad de la película se ve algo mermada por unos compases finales mucho menos interesantes, aunque todo ello queda redimido en un colosal cierre que, además de mantenernos sin respiración, dejará grabada a fuego en nuestra mente una pregunta: ¿merece la pena tanto sufrimiento en nombre de la música? Cada uno tendrá que encontrar su propia respuesta.

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