Xoel López — Atlántico: algunos lo llaman fe, otros lo llaman necesidad

Ya le ha pasado a Antonio Luque con Sr. Chinarro, y probablemente le pase también a Guille Milkiway con La Casa Azul: cuando eres la cara (y el cerebro) detrás de una banda unipersonal, en algún momento, ya sea por vanidad o por necesidad de quitarse la careta, apetece mostrar al mundo tu verdadera identidad. No creo que Xoel López necesitase eso para alumbrar este Atlántico, ya que aunque probablemente no supusiese una continuación lógica a su trayectoria bajo Deluxe, tampoco es un cambio imprevisible.

Hacia la canción de autor por el camino más largo

De todo el tiempo que Xoel ha estado viviendo en Buenos Aires y Nueva York, amén de compartir escenarios con otros cantautores sudamericanos por dicho continente y aparte de dejarnos directamente dos de las canciones prescindibles de este disco (’Buenos Aires‘ y ‘Postal de Nueva York‘ y la expropiación de YPF, lo que podemos extraer en limpio es que el lugar donde quiere encontrarse ahora es el de la canción de autor, en el sentido más clásico del término. Más autista (de Aute) que nunca, esta jugada le acerca en referentes y conocimiento de la tradición musical sudamericana a Enrique Bunbury, con la facilidad para el escarnio o el tedio que eso provoca en muchos de vosotros.

Más cerca de Lovely Luna que de Deluxe

No creo que sea el nuevo rumbo tomado por Xoel un paso fallido, pero sí que resulta algo enrevesado teniendo en cuenta el trabajo junto a Félix Arias en Lovely Luna, la válvula de escape para esas composiciones suyas que se encontraban mejor cuantas menos capas de sonido se añadiesen y que probablemente se sintiesen cohibidas en los últimos discos de Deluxe, excesivamente ornamentados, recargados como la carpeta de una adolescente. En medio de un intercambio bidireccional, alguna de las canciones previas de Deluxe habrían encajado en este disco (como ‘Quemas‘, ‘Simone‘ o ‘El cielo‘), al igual que algunas de este álbum no sorprenderían en Reconstrucción o Fin de un viaje infinito

Sin embargo, tanto Las cosas que nadie debe ver como Chang y Eng ofrecían una producción detallista y elaborada, que en esta ocasión emplea otros elementos para ofrecer un resultado excelente en instrumentación, jugando con las cadencias y melodías. No obstante, la valoración global no es tan positiva; este disco se encuentra lastrado por algunas canciones que lo convierten en, posiblemente, el trabajo más mediocre de los publicados por Xoel.

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Si bien la decisión estilística de acercar las percusiones, los coros y las guitarras a un folklore que ya había utilizado con anterioridad (’Caetano Veloso‘, o más sutilmente, ‘Ver en la oscuridad‘) es, además de legítima, agradecida (idea excitante para el músico, inquieta para el autor, novedosa para el oyente), en ocasiones no puede esconder ciertos tópicos y ripios en las letras. Las ya mencionadas ‘Buenos Aires‘ y ‘Postal de Nueva York‘ pecan de ingenuas, ‘Caballero‘ acaba resultando inofensiva y pedante y ‘Joven poeta‘ se balancea en la delgada línea entre lo bohemio y lo pretencioso (aunque musicalmente sea de lo más sugerente del disco).

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¿Pop de patera?

Aún siendo un concepto ajeno, es fácilmente abrazable por la sensación de desarraigo y de “Soy de todos sitios y de ninguno a la vez” que deja el disco. No llega a los extremos del buenrrollismo for dummies de engendros como Macaco, Chambao y demás productos de homeopatía sonora; incluso lo afronta con dignidad, pero acaba por desdibujar la nostalgia diluyéndola en el charco que Xoel se ha empeñado en saltar una y otra vez. Que en estos momentos, musicalmente, se encuentre al otro lado, nos deja como réditos canciones que probablemente no esperaríamos que sonasen tan bien (’Hombre de ninguna parte‘, ‘Por el viejo barrio (plegaria)‘, ‘La boca del volcán‘), y favorece que encuentre la inspiración en la morriña

No fue bueno pero fue lo mejor

6/10

Lo mejor y más esperanzador del disco es la naturalidad con la que Xoel cambia de registro, muestra su versatilidad y entrega otra digna colección de canciones, así como comprobar que el desastre que se intuía con La Caravana Americana no ha sido tal. Ha oxigenado su composición, algo viciada en su última etapa como Deluxe y aún dejando en el fondo del vaso un poso de experimento con gaseosa, todavía alberga la esperanza de que el próximo rumbo que emprenda Xoel será mejor que éste. Me alegra ver cómo la pérdida de unanimidad sobre su trabajo pueda servirle de acicate, al mismo tiempo que me preocupa que no sea capaz de revertir esta tendencia negativa. Como entonaba precisamente Bunbury, no fue bueno pero fue lo mejor.

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