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Young and in the Way — When Life Comes to Death

Desde un punto de vista psicoanalítico, Freud definió al odio como un estado en el que el yo desea destruir la fuente de su infelicidad, como una sensación en la que la aversión no es más que un impulso con el que tratamos de mantenernos alejados de todo aquello que puede poner en riesgo la estabilidad de nuestra existencia. Evidentemente, y siempre desde el punto de vista del filósofo checo, el odio no es un sentimiento sino una simple manifestación, una respuesta a una realidad que colisiona con la nuestra distorsionándola, siendo, por lógica, esta reacción un medio de oposición a esta realidad, una forma de acabar con ella y, finalmente, alcanzar nuestra estabilidad emocional.

Todo esto entronca directamente con el concepto de misantropía (odio al ser humano) que se manifiesta como un temor y una reacción a la perturbación que la existencia de otros seres humanos puedan provocar en nosotros mismos. Este sentimiento es tan antiguo como es nuestra especie y el paso del tiempo ha acabado permitiendo su entrada al mundo del arte. Si hace más o menos un año realizaba una reflexión similar utilizando el disco de los franceses Celeste como coartada, eso sí, centrándome en la violencia como un ingrediente fundamental en una manifestación de odio, hoy llega el turno de los estadounidenses Young and in the Way, quienes con su When Life Comes to Death construyen un tratado de odio visceral que huye, en cierta medida, de la interpretación filosófica de la violencia para reflejarla desde un punto de vista más crudo y ruidoso, mediando entre ambas interpretaciones una distancia parecida a lo que uno encuentra entre películas como la Naranja Mecánica y Taxi Driver, más crítica e introspectiva la primera y mucho más impactante en el lenguaje la segunda.

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When the Life Comes to Death es el título del álbum y es la primera frase que Kable Lyall escupe en nuestra cara, enfurecido por la rabia de tener que enfrentarse a nosotros por cualquiera de las rutinas que nutren el día a día, como ese ser antisocial que se ve condenado a vivir en sociedad y que encuentra en esta penitencia el combustible para esas manifestaciones de odio. Young in the Way construyen este su segundo álbum en base a esta premisa, no solo en lo lírico sino también en lo estrictamente musical, haciendo de estas once canciones un marasmo de oscura y adictiva aversión que se retroalimenta gracias a nuestra necesidad de conocer nuestros propios límites, hasta dónde somos capaces de llegar averiguando umbrales que van desde el dolor físico hasta el terror emocional.

Inútil es además intentar encontrar cierta racionalidad a un sentimiento tan irracional como es esta aversión que se alimenta de sí misma, de una realidad misantrópica a la que no puede poner fin pues existe precisamente gracias a la vida en sociedad de nosotros como especie. Conscientes de ello, los estadounidenses se sirven del medio para destrozar nuestra integridad a golpe de arcadas de odio y empeñones de furia que tienen la capacidad de secuestrar nuestra consciencia, de hacernos caer en una espiral de repulsión-atracción similar a la que acaba sintiendo un enclaustrado preso del síndrome de Estocolmo pero sin ninguna amabilidad por parte del captor.

Esa atracción por el dolor y sufrimiento ajenos que se pueden hacer propios en lo figurado es el combustible en base al cual Young and in the Way se rearman canción a canción desmembrando incautos con las motosierras que son sus guitarras y machacando cráneos con la apisonadora que es su batería. Una especie de espiral de barbarie, una tormenta pútrida y sangrienta de la que aparentemente es imposible salir y ante la que, una vez encontrada la rendija necesaria para volver a la vida real, no podemos evitar darnos la vuelta y dirigirnos resignados pero hambrientos hacia esa carnicería que es una nueva escucha.

Como decía antes, Young and in the Way son conscientes de la espiral que crean, de la atracción a la autolesión que generan en el que les escucha, lo cual se percibe en ese desprecio, a veces desganado y otras muchas enconado, con el que nos gritan, con el que tratan de agujerear nuestros tímpanos con ese taladro que es When Life Comes to Death. Drogas, satanismo o violaciones son algunas de las barbaridades a las que nos enfrentan, sabiendo que el ansia por conocer nuestros propios límites también se extiende en eso a lo que llamamos umbral del dolor, alimentando una adicción latente en nosotros por nuestra condición y que da la cara apoyada en el inexplicable acto de obviar el decoro y disfrutar con lo macabro, todo ello a sabiendas de que el fin del que se habla es el nuestro.

Jacob Bannon y su sello Deathwish Inc. son los responsables de que este documento de pornografía sonora se erija ante nuestros ojos como uno de los discos más impactantes de lo que llevamos de año. Probablemente la ortodoxia sea el principal enemigo de este When Life Comes to Death, un álbum en el que es complicado entrar pero que, una vez dentro, no nos deja escapar. Young and in the Way demuestran aversión suficiente como para acabar con el mundo pero no lo hacen porque no quieren, su Blackened Crust se quedaría sin sonrisas que cercenar ni lágrimas que evaporar en esas atmósferas tóxicas en las que nos sumerjen.

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El mundo es un juego para Young and in the Way, un juego como ese al que jugábamos de pequeños en el que nos entreteníamos arrancando extremidades a un insecto mientras veíamos como se retorcía de dolor, chillando sin que nosotros hiciésemos un solo intento por escucharle. En When Life Comes to Death nosotros somos ese insecto, y acabar con nosotros sería poner fin a tan macabro juego. Por eso no lo hacen, para seguir teniendo gritos que ahogar y tendones que destrozar.

Así de cruda es esta realidad, Young and in the Way nos odian y nosotros no podemos evitar ponernos a sus pies. Un famoso marqués en nuestro tiempo podría haber escrito algo sobre esto, Freud se la puso corta y al pie.

8.8/10

Young and in the Way juegan con nuestros propios límites mientras su Blackened Crust Metal lo hace con la frontera de un mundo que cada vez está más abierto a la heterodoxia. When Life Comes to Death propone una experiencia que no es ni pretende serlo para todo el mundo, pero que ofrece una realidad que pone a nuestra glándula suprarrenal a trabajar a pleno rendimiento. Se aleja de otras aproximaciones a la violencia y el odio de corte sesudo, pero su sucia visceralidad es tan atrayente como lo pudo ser Animale(s) el año pasado. Palabras mayores.

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