Youth Lagoon — Savage Hills Ballroom

Reina un desconcierto franco. Una incertidumbre más que palpable. Y no se observa en ninguna parte del ambiente que te rodea, sino dentro de tu propio ser. Ni puñetera idea de exactamente dónde. Llamémosle alma, corazón, entrañas, pero en realidad da igual, no sabríamos localizarlo ni concentrándonos exclusivamente en ello. La cuestión es que ha ocurrido algo que te genera un mar de sensaciones que no sabes describir con certeza. En los próximos segundos podrías arrancarte a llorar con las mismas posibilidades que tendrías de abrirte a carcajadas. Al principio quieres entenderte, saber por dónde vas. Tras el paso del tiempo, te conformas simplemente con dejarte llevar, dejarte sentir. Los momentos en los que sientes son cada vez menos, y que exista uno, aunque sea indefinido, en el que eso pase es digno de disfrutar.

Savage Hills Ballroom: el pop como salida

He condenado varios discos de bandas que teóricamente me eran amigas por el hecho de que no me hacían sentir nada. Lo he hecho recientemente. Un disco puede buscar muchos caminos para gustar, pero si no consigue despertar ningún tipo de sentimiento en el oyente, está muerto. Aquí no falla Trevor Powers, el alma de Youth Lagoon. Tras un Wondrous Bughouse que por aquí fue acusado a partes iguales de feliz hasta la hipérbole y de demasiado confuso, Savage Hills Ballroom (Fat Possum, 2015) toma el relevo. Y lo hace acercándose innegablemente al pop. No es que antes Youth Lagoon no hubiese explorado estos terrenos, pero ahora lo hace con más convicción que nunca. Sus entregas previas navegaban por aguas con mucho más de ensoñación, muy cercanas al dream pop durante buena parte del minutaje. Ahora no. Ahora Trevor se entrega al single, aspira a que algún iluso lo pinche en un bar, como música para disfrutar sin muchas más pretensiones.

Y aunque lo de las escasas pretensiones debe ser matizado, y lo será, lo cierto es que la apuesta le sale estupendamente. Youth Lagoon apuesta por composiciones directas, con poco artificio y nada recargadas. Principalmente en el inicio del disco. ‘Officer Telephone’ se anda con pocos miramientos antes de explotar, y la belleza de ‘Highway Patrol Stun Gun’ es infinita. Uno de mis temas favoritos de lo que va de año, un single infalible, con los teclados dejando que sobre ellos caiga toda la fuerza del corte, pero aceptando el crescendo como fórmula a seguir sin rubores. Corazón lleno, fuerza completa. Y decía lo de la falta de pretensión con matices, porque ‘The Knower’ llega en seguida, rozando el trip-hop pero llevándolo a algo bastante lejano a hace dos décadas, mucho más coherente con el lenguaje de Powers, e igualmente sobrado de solvencia.

Trevor Powers combina progresivamente luz y oscuridad sin que ninguna de las dos llegue a empacharnos

Entra entonces Savage Hills Ballroom en un terreno algo arriesgado. La calma instrumental de ‘Doll’s Estate’ y el medio tiempo ‘Rotten Human’ podrían correr el riesgo de bajar las expectativas creadas por un disco que, hasta entonces, gozaba de un cariz marcadamente hedonista. Y no, Youth Lagoon continúa sobrado de emociones, sea cual sea el palo que toque. Desde el recogimiento de la nombrada ‘Rotten Human’ a la búsqueda de la emoción descarada, con ‘Kerry’. Sí, seguramente sea un camino que a veces esté un poco cargado de azúcar, que llegue a acumularse en el fondo de la taza sin que sea capaz de disolverse, pero ¿qué queréis?, dejando el cinismo a un lado no puedo dejar de emocionarme con esos cortes. Porque además Trevor Powers no pierde de vista el equilibrio. Combina progresivamente luz y oscuridad sin que ninguna de las dos llegue a empacharnos. Tras la efervescencia pop llega la inquietud de ‘Again’, uno de mis canciones favoritas. Un álbum completísimo ya a estas alturas.

8.1/10

Soy de los que, hasta ahora, había visto siempre con muy buenos ojos el trabajo de Youth Lagoon. No va a suponer un cambio en mi perspectiva la escucha de Savage Hills Ballroom. Al contrario, la carrera del de Idaho da un nuevo paso. Enormemente sólido, además. Sin perder un ápice del encanto previo y desnudando un tanto las canciones. Haciéndolas más simples, amables y fáciles, sin que ello deba estar relacionado, en absoluto, con una lectura negativa. Como si Youth Lagoon hubiese encontrado el camino a seguir, el equilibrio perfecto. El que te lleva a las pistas de baile o a la enervación de ‘Free Me’ como si ambas partes del mismo yo no pudiesen existir la una sin la otra. Youth Lagoon, todavía tocados por la barita.