Oathbreaker y la sombra de Sunbather

La prueba irrefutable de que Deafheaven se han convertido en una de las bandas más significativas (¿la que más?) de nuestros tiempos es el hecho de que se les emplee como referencia para guiar antes nuevas referencias que salen en el metal extremo. Se nota cuando se ve su nombre relacionado con una de las sorpresas más agradables que nos ha dado el género en este pasado mes, que no es otro que el nuevo trabajo de unos Oathbreaker que han impactado a propios y a extraños. A la hora de explicar el tercer álbum de esta banda belga se ha visto mucho el nombre de Sunbather (Deathwish, 2013), un álbum que el tiempo está consolidado como uno de los principales de su año pero que, pienso, su recuerdo está empezando a ser un poco distorsionado y la prueba está en que la gente lo relacione con esta obra.

Conviene recordar, primero, qué es Sunbather ante todo: un disco pop que llega al mismo a través del black metal. No un disco que suena a pop (entendido dentro del concepto sonidos próximos al shoegaze, indie) cruzado con metal extremo, que también, sino una obra que trata de llegar al concepto del pop mediante una vía que, hasta entonces, pocos se habían atrevido a tomar. Quizás Alcest sea el ejemplo que más se acerque a lo logrado por Deafheaven en ese disco, aunque la forma y la esencia de ambas bandas sea, en el fondo, distinta. Luego tenemos ejemplos como Wolves in the Throne Room, que se valen de elementos más asociados al pop para enriquecer su metal extremo, pero no llegan a traspasar esa frontera y pasar a ser una banda pop. No, al menos, de la manera que lo hacen Deafheaven en Sunbather.

Volviendo al caso concreto de Oathbreaker, yo escucho un disco como Rheia (Deathwish, 2016) y no me transmite esa sensación que me transmitía Sunbather. Cogiendo, por ejemplo, el tema que más se acerca a representar un disco que llega a presentar bastante diversidad -muy de agradecer esto- que es ‘Second Son Of R.’, no llego a encontrar una posible conexión con lo que hacen los californianos en ‘Dream House’. No llego a apreciar ese componente que separe a Rheia de ser un disco de black metal, al menos un disco de black metal contemporáneo, y lo acerque a ser un disco pop. Incluso un disco tan encrudecido como New Bermuda (ANTI-, 2015) se acercaba más a ese concepto que este Rheia.

No hablamos de calidad, sino de una proximidad conceptual que, yo por lo menos, no veo tan aparente. Rheia no parece un disco que quiera profundizar en esas tierras ya recorridas con más acierto por otros, sino que, abandonando el hardcore metalizado que les caracterizaba, expanden sus tentáculos en distintas direcciones. Black metal que llega a ser bastante canónico por momentos, algo de post-rock, que también figura, y hasta se atreven con unas voces limpias muy bien empleadas. Pero todo empleado desde un punto de vista más metal, más cercana a una perspectiva desde la cual el oyente medio de metal de hoy día puede sentirse más cómodo.

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No obstante, que el debate no pierda de vista nunca lo revitalizador e interesante que supone este álbum para la carrera de Oathbreaker, una banda que hasta ahora nunca había sobresalido en su estilo y que, una vez se ha quitado complejos y se ha liberado, ha mostrado un potencial hasta ahora inimaginable en ellos. Es posible que en el futuro sigan creciendo y, finalmente, lleguen a un punto donde sí derriben esa barrera. Mientras tanto, su obra merece (no excesivas) alabanzas por la sorpresa y por el acierto que atesora, por tanto desde aquí os recomiendo fuertemente su escucha. Que os vaya a satisfacer más o menos ya es algo fuera de su control o del mío, pero desde luego merecen ser catados con una mentalidad bastante abierta.

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