Panda Bear — Panda Bear Meets the Grim Reaper

Llegado el momento desconocía en qué punto de Panda Bear Meets the Grim Reaper me encontraba. Mi mente, aún delante de la pantalla y desplegando una cantidad siempre excesiva de tareas — toda tarea por sí misma está en condiciones de rebasar la carga diaria aceptable de tareas — , se movía al sincopado ritmo que marcaba Panda Bear, aunque no sabría decir en qué canción. ¿Importaba aquello, acaso? ¿No era Panda Bear Meets the Grim Reaper, de hecho, una excelente oda a la no-canción, al no-single, a la convencionalidad disfrazada de ganchos imposibles? La idea de una barca surcando el oleaje, siempre a la deriva, en medio de un gigantesco océano de información caída del cielo, cobraba más vida que nunca en aquel disco.

En aquel estado mental.

En aquel…

Panda Bear Meets the Grim Reaper no era un disco.

Era una proyección de mi imaginación.

Siempre presta, por otro lado, a escapar de lo convencional y a adentrarse en el trance. Pocos momentos hay más felices y relajantes que la repetición constante de una idea, o el piloto automático encendido en busca de un objetivo. Llámese trabajar, ocio o amor, encuentro pocos momentos más emblemáticos a lo largo de mi vida que aquellos en los que el entorno que me rodea se vacía de contenido y significante y sólo mi mente, nada más que mi mente, se convierte en mi única experiencia física y sensorial.

Al parecer, sobre todo aquello reflexionaba mientras seguía a Panda Bear sin saber muy bien a dónde. ¿Dónde me habías llevado, Mr. Noah? ¿De dónde me habías traído? Eran preguntas que en el contexto de Panda Bear Meets the Grim Reaper carecían de importancia. Los minutos, el pasado, la memoria, se apelotonaban entre sí, formando una nebulosa de todos los colores de su portada. Mira el azul. Mira el verde. Mira el morado. Ah. Míralos.

¿∞?

Perfecto, claro. Era perfecto. Demasiado, quizá. Tanto que nunca duraría para siempre. En un momento indeterminado de la historia de la humanidad, mi cerebro desconectó los auriculares del reproductor y, pum, el mundo físico cobró forma de nuevo, lo tangible se volvió algo demasiado importante otra vez, el universo de cosas que forma mi habitación repentinamente me aplastó con toda la crudeza de su relevancia, de su monotonía, de su carencia de originalidad. Aquella proyección de mi imaginación había muerto y yo, tan vago, tan deprimido, tan exhausto, apenas encontraba ocasión de volver a ella. Hay lugares inolvidables a los que sabes que no vas a volver jamás.

O bien porque no puedes o bien porque, en el fondo, nunca existieron.

Sólo fueron, ya digo, productos de tu imaginación.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.