PJ Harvey — Dry (1992): llena de munición

No puedo recordar si lo de Polly Jean Harvey fue un hype en sus inicios. No estaba yo en 1992 muy atento a esas cosas. Imagino que la mujer tenía muchos ingredientes para dar en el clavo. Imagen, carisma, una edad razonablemente temprana y prometedora de larga carrera, un manejo de la guitarra poco común en aquellos momentos… y ya de paso, además, parecía que no le escaseaba el talento. El conjunto era estupendo, todo para pegar un petardazo. La duda sería si estaría en condiciones de mantenerlo.

La historia es conocida, tanto que en Hipersónica hemos creído que vale la pena recordar sus discos uno a uno, ante la inminente llegada de The Hope Six Demolition Project, incluso teniendo en cuenta que andamos metidos en otro especial bien exigente, el de David Bowie.

Dry: cuando el segundo plano se me queda pequeño

Antes de la llegada de su primer disco en solitario, PJ Harvey había estado tocando en Automatic Dlamini, una formación con componentes itinerantes que había formado John Parish en 1983. Allí intimó con dos de las personas más influyentes de su carrera, con las que aún hoy mantiene unos lazos tan estrechos que son parte de su banda de directo: el propio Parish y Rob Ellis, productor de varios de sus discos, entre ellos, el que hoy nos ocupa. Cuenta PJ que la experiencia le sirvió para atreverse a tocar en directo, para mejorar su técnica con la guitarra (Harvey venía de ser, principalmente, saxofonista) y para empezar a componer sus propios temas, a los que siempre ha tenido en escasísima estima. Pero, tras tres años en la banda, llegaba el momento de emprender el vuelo en solitario.

Empezaba así el camino que acabaría en Dry (Too Pure, 1992), el primer disco de una PJ Harvey que, por entonces, tocaba en formato de trío con el propio Rob Ellis y Steve Vaughan, y que se había mudado a Londres para evaluar sus capacidades escultóricas en el legendario Saint Martin’s College. Aunque antes de la llegada del LP, PJ Harvey había adelantado uno de sus cortes, ‘Dress’, que todavía hoy es una de las canciones más redondas de su carrera. El single le valió para enamorar a John Peel, cosa que en aquella época era poco menos que garantizarte un futuro musical de lo más halagüeño.

Decir que este trabajo suena amateur sería quizás exagerar, pero es cierto que tiene ese aire extremo y descuidado de aquel que no teme en absoluto exponerse con desfachatez

Pero Dry demostró que no era un carpicho de un discjockey. Era un primer paso de tanto calado que casi daba a entender que nacía una leyenda. Así, de primeras. Lo que uno tarda en saber que PJ Harvey tiene algo que casi nadie más tiene, incluso en aquel momento, de forma tan temprana, es unos cuatro segundos. No hace falta ni una milésima más para enamorarse de ‘Oh My Lover’, el tema que abre Dry, y que para muchos pudo suponer su primer contacto con la de Bridport. PJ Harvey cantando de forma desnuda y extrema. En uno de los discos menos arreglados de su carrera. Decir que este trabajo suena amateur sería quizás exagerar, pero es cierto que tiene ese aire extremo y descuidado de aquel que no teme en absoluto exponerse con desfachatez. Exponerse es fácil, tener tanto que mostrar no lo es tanto. Empieza un trabajo de entrega absoluta y bidireccional. PJ Harvey se entrega a mí, y yo ya estoy entregado a ella.

PJ Harvey y todo lo bueno que precede a un orgasmo

Dry es un disco sinuoso, extraordinariamente atractivo y sexual. Descubre una PJ Harvey que llegaba con un insultante poder, aunque con todo ello era difícil pensar que llegaría a ser lo que es hoy, la rockera más grande de la historia. La melodía de ‘Victory’ te atrapa y te anula. Puedes patalear para intentar escapar de esa tela que ha ido tejiendo meticulosamente Polly Jean. Pataleas y forcejeas, pero al final estás dentro, y cada esfuerzo que haces por intentar huir se traduce, en realidad, en una absorción más fuerte. Aunque, en realidad, no quieres escapar ni por asomo. Has encontrado un lugar en el que quedarte para siempre, a las órdenes de la jefa de todo esto. Es más, te resistes por mera pose, porque a estas alturas, tras escuchar ‘Oh My Lover’, ‘O Stella’ y ‘Dress’ ya te has puesto considerablemente cachondo.

Y PJ Harvey, obviamente, lo sabía. Era consciente de que su pose, su estética, su atractivo y su enorme carga sexual lo eran todo. Mentiría si dijese que esa fuerza no fuese parte del sumatorio que me llevó a la escucha continuada de los discos de PJ Harvey. A la devoción, rendición y entrega. Por mucho que no fuese Dry el primer disco suyo que escuché. Esa entrega, esas vísceras, sangre y sexo que se encuentran en ‘Happy and Bleeding’.

So fruit flower myself inside out
I’m happy and bleeding for you
Fruit flower myself inside out
I’m tired and I’m bleeding for you

Obviamente hablar de Dry hoy, un cuarto de siglo después de su lanzamiento, es hacerlo con toda la ventaja. Conociendo toda la leyenda que vino a posteriori. Pero no pierde un ápice de encanto su escucha. Te acercas a él con ansiedad e impulsividad. Sabiendo que lo que viene después es glorioso. Te regodeas en los inicios. En apretar unos muslos, en morder un labio, en iniciar una leve penetración, de apenas un par de centímetros, disfrutando tanto de todo ese juego y de la taquicardia que produce, como de lo que sabes perfectamente que viene después. Dry no es el orgasmo definitivo, es todo lo que viene antes. Sabiendo que en cualquier momento se puede desatar una locura de difícil retorno, de una intensa y placentera agresividad, mientras suena ‘Sheela-Na-Gig’ y piensas si puede existir una sensación mejor que esa.

De hecho la portada de Dry no puede ser más acertada. Unos labios amoratados, mostrando una imagen violenta pero, a la vez, de enorme sensualidad. Una locura que ya llega completamente desatada a ‘Joe’ y que quizás se incremente todavía con el histrionismo de ‘Plants and Rags’ o la oscurísima línea de bajo de ‘Fountain’.

9.1/10

Dry marca el inicio de una carrera que encuentra muy pocas comparaciones. Se trata del primer y sobresaliente ejemplo de lo que estaba por llegar. Poca gente alcanza discografías tan irreprochables (excepciones haberlas, haylas, aunque para eso está este repaso). Nacía, seguramente sin saberlo, un mito. Alguien que traía la pistola tan cargada que jugarse una ruleta con ella a vida o muerte sería sinónimo de lo segundo. Acababa de llegar al lugar aquella que iba a gobernarlo de ahora en adelante.