Soundgarden — Louder Than Love (1989): la ruda verdad

Le doy al play. Empieza a sonar un ritmo de batería raro, tal vez 6/8. Puede pasar cualquier cosa. En la portada, una especie de Robert Plant descamisado. Hacia el centro-derecha, la guitarra grave. Bastante más alejada, en el panorama izquierdo, otra guitarra una escala por encima. Las dos repiten sin parar el si menor. Entra el bajo y un par de acordes sucios; ahora la voz. Suena a Doom Metal gótico, pero Type O Negative aún no existían. Suena a basura, aunque demasiado limpia para compararlos con Melvins. Cojo la cinta y la volteo: Louder Than Love, 1989, A&M. Un título eminentemente moñas con unas letras que sonrojarían a Metallica. Me la acaba de pasar el chaval que escucha NIN, Killing Joke y similares. Corre el año ’95 y yo no entiendo un carajo. Todo es bastante deprimente e hipnótico, el sueño ácido de un universitario recién emancipado. Las revistas hablan de un germen, una semilla maldita. Las voces gorjean hasta el límite y los fraseos ahora tontean con el Trash, ahora con el Hardcode Punk. Un solo psicodélico me despereza a puñetazos.

Esto es Soundgarden antes de Soundgarden. Según los eruditos de la escena, los melenudos de Seattle son la next big thing. Frente a mí tengo el eterno segundo disco, estigma cruel, una pieza menor desenvolviéndose fuera del círculo sabbathiano para posicionarse dentro del paraguas de Sub Pop. Pero ninguna corriente puede contenerlos, se escurren como serpientes: ¿qué es realmente lo que quieren decir estos chavales? Pues básicamente lo mismo de siempre. Tienen poco dinero, cada relación sexual implica comedia y hallazgo — sobre todo con la madre de Kevin, que ríete tú de de la de Stifler — y el mundo es mezquino, sólo sirve a falsos ídolos.

Como meter la cabeza en un pozo de brea

Soundgarden venía de granjearse cierta popularidad: su single ‘Flower’ era uno de los clips estrella en el programa de MTV ‘120 Minutes’; su nominación al Grammy llamó la atención de los metaleros más delicados; y, por primera vez, firmaban con una discográfica de vuelos internacionales: A&M Records, subsidiaria de Universal, cubriendo todos los gastos y referidos de promoción y marketing para que el álbum triunfara bajo unas mínimas garantías. Esto trajo consigo los clásicos “te has vendido” y “te has vuelto mainstream” que la marabunta punk entona cada vez que oye hablar de éxito. Pero no se dejen engañar: Louder suena jodidamente loud. Grabado por los hermanos Parashar en el London Bridge Estudio, fue de hecho uno de los primeros discos en alcanzar notoriedad dentro de su sello, convirtiendo al estudio en un referente para el sonido Grunge en general y para Alice In Chains en particular. Una anécdota: a la manera de Death Magnetic, Louder sentó un precedente sobre eso de sonar fuerte y estridente. Pero no era compresión, sino caballos de potencia.

Pero no se dejen engañar: Louder suena jodidamente LOUD

A diferencia del debut, la voz de Cornell, pese a su intencional cercanía con Axl Rose, conserva un timbre cálido y melancólico, casi erótico. Es un caudal inagotable, inmortal, que podría rivalizar contra otros pináculos del Heavy Metal; prefiere ridiculizarlos. En ‘No Wrong No Right’ imita con solvencia al Bruce Dickinson más mesurado cuando, minutos antes, gritaba a pleno pulmón “remeeeember, I loooove yooou, loooove yoooou”. Un llanto desgarrado, libre de artificios, crudo. Debajo, notas fantasmales y relinchos de caballos desbocados colorean el yermo que dejan sus sílabas, cosidas a mis oídos. Un Cornell entregado al Rock y no al photocall.

Lo que algunos han venido a considerar tosquedad se trata en realidad de una declaración de intenciones: la apertura granular y monolítica de ‘Ugly Truth’, heredera febril del Underground Punk, las demoliciones controladas en ‘Hands All Over’, con un sonido más de estadio que de garaje, el exorcismo en ‘Power Trip’ o el batallón a lo tribu nocturna en ‘I Awake’, ejemplifican ese sentimiento gamberro de épica absurda frente al histrionismo que emergía en el polo opuesto del Grunge. ‘Get on the Snake’ resume ese brecha entre un Rock ochentero que muere y uno nuevo que nace. De alguna forma, se emparenta con el ‘Split It In’ de Black Flag: discos inocentes, promiscuos y estúpidos nacidos frente al abismo de un ideario arcaico y envejecido.

Lejos del sonido cristalino de las dos costas, donde las generaciones se apilaban por estéticas, Soundgarden corona su mensaje mediante la distorsión, la deformación furiosa de una realidad vivida. Como diría Ozzy Osbourne “todos somos hijos del blues”: y en 1989 el Grunge ni siquiera existía como etiqueta. Dentro de la parodia, la socarronería postadolescente y la explicitud de su mensaje, Louder Than Love es una antología del tiempo y la música por sí misma, un disco menos enfocado a la canción y sí a construir una escenografía. Aunque tampoco este trabajo es perfecto bajo sus propios términos: ahí queda basura infecta y redundante como ‘Big Dumb Sex’, uno de los ridículos más notorios de toda su carrera que pretendía emular al Led Zeppelin más pasado de rosca. No obstante, sobre esa tarima fundarían obras totémica como Superknown y el eterno susurro de ‘Black Hole Sun’.

La primera crisis

Hiro Yamamoto, quien venía de tocar con Cornell en The Shemps y propició la fundación de Soundgarden, abandonó la banda en el último concierto de la gira promocional, en Melkweg, Amsterdam. En aquel evento abrieron con Gun y tocaron hasta tres covers: el ‘Thank You’ de Sly & The Family Stone, ‘Fopp’ de Ohio Players y ‘Bela Lugosi’s Dead’ de Bauhaus, tradición que venían ejecutando en casi todos sus directos. El enfrentamiento llegó por el progresivo distanciamiento de Hiro con el resto de la banda — fundamentalmente con Cornell, quien exigía más talento e implicación — . El por entonces guitarrista de Nirvana Jason Evermat cubrió el puesto en la vuelta de la gira y, hacia septiembre de 1990, contrataron a Ben Sheperd, el mismo al que le habían dado calabazas mientras buscaban sustituto para Hiro. A juzgar por temas como ‘Half’, ‘Head Down’ o su proyecto Hater, junto al propio batería de Soundgarden Matt Cameron, la decisión no podría haber sido más acertada.

6.9/10

Aún hoy, Soundgarden es considerada banda menor, aquello que escuchan quienes dan un salto introductorio sobre el género: en un mundo paralelo, el dichoso Nevermind ha quedado relegado a mero anécdota mientras estos cretinos conquistan el mundo a golpe de riff mugriento y ropa de mercadillo. Louder Than Love es hijo de su tiempo y su lugar, un puente arenoso entre el eco festivo de una era que se va y la llegada de una más oscura, narcisista y entumecida. Escucharlo es mirar a esa cara sin arrugas que tanta vergüenza — y envidia — nos produce.

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